Crea En Su Palabra

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La Palabra de Dios dice en 2 Reyes 7:1-10: «Dijo entonces Eliseo: Oíd palabra de Jehová: Así dijo Jehová: Mañana a estas horas valdrá el seah  de flor de harina un siclo, y dos seahs de cebada un siclo, a la puerta de Samaria. 2 Y un príncipe sobre cuyo brazo el rey se apoyaba, respondió al varón de Dios, y dijo: Si Jehová hiciese ahora ventanas en el cielo, ¿sería esto así? Y él dijo: He aquí tú lo verás con tus ojos, mas no comerás de ello. 3 Había a la entrada de la puerta cuatro hombres leprosos, los cuales dijeron el uno al otro: ¿Para qué nos estamos aquí hasta que muramos? 4 Si tratáremos de entrar en la ciudad, por el hambre que hay en la ciudad moriremos en ella; y si nos quedamos aquí, también moriremos. Vamos, pues, ahora, y pasemos al campamento de los sirios; si ellos nos dieren la vida, viviremos; y si nos dieren la muerte, moriremos.5 Se levantaron, pues, al anochecer, para ir al campamento de los sirios; y llegando a la entrada del campamento de los sirios, no había allí nadie. 6 Porque Jehová había hecho que en el campamento de los sirios se oyese estruendo de carros, ruido de caballos, y estrépito de gran ejército; y se dijeron unos a otros: He aquí, el rey de Israel ha tomado a sueldo contra nosotros a los reyes de los heteos y a los reyes de los egipcios, para que vengan contra nosotros.7 Y así se levantaron y huyeron al anochecer, abandonando sus tiendas, sus caballos, sus asnos, y el campamento como estaba; y habían huido para salvar sus vidas.8 Cuando los leprosos llegaron a la entrada del campamento, entraron en una tienda y comieron y bebieron, y tomaron de allí plata y oro y vestidos, y fueron y lo escondieron; y vueltos, entraron en otra tienda, y de allí también tomaron, y fueron y lo escondieron.9 Luego se dijeron el uno al otro: No estamos haciendo bien. Hoy es día de buena nueva, y nosotros callamos; y si esperamos hasta el amanecer, nos alcanzará nuestra maldad. Vamos pues, ahora, entremos y demos la nueva en casa del rey.10 Vinieron, pues, y gritaron a los guardas de la puerta de la ciudad, y les declararon, diciendo: Nosotros fuimos al campamento de los sirios, y he aquí que no había allí nadie, ni voz de hombre, sino caballos atados, asnos también atados, y el campamento intacto.»

Esta historia es muy famosa en la Biblia. A lo mejor algunos de ustedes ya han leído algún mensaje tomado de este texto. En 1 Corintios 10 la Biblia enseña que las historias del Antiguo Testamento están escritas como ejemplo para nosotros. Están para animarnos, y para no caer en los mismos errores que ellos cayeron. Y luego poder recibir las bendiciones que algunos de ellos alcanzaron por su fe en Dios. Esas historias son muy importantes.

Aquí vemos a Israel en un tiempo donde la gente moría de hambre, hasta el punto en el que algunos pensaban en comer a sus propios hijos. No había comida en la ciudad y el rey estaba enojado con el varón de Dios. Mucha gente se enoja con Dios cuando les va mal por causa de su pecado. En lugar de enojarse con el diablo, de enojarse con el pecado, se enojan con Dios. Y por eso atacan al pastor, al predicador, para desquitar su amargura con el Señor. El rey estaba enojado con el siervo de Dios.

Como pastor me he encontrado muchas veces con gente que me pregunta: «¿Si Dios es tan bueno, por qué hay tanta maldad en el mundo? ¿Por qué tanta violencia, tantos secuestros, tanta enfermedad, si Dios es tan bueno?» La respuesta es muy fácil: Dios hizo del mundo un paraíso. Fuimos nosotros quienes lo echamos a perder. Y luego queremos echar la culpa a Dios. Dios no tiene la culpa, nunca ha hecho nada malo para nosotros.

Como observamos en 2 Reyes 7:1: «Dijo entonces Eliseo: Oíd palabra de Jehová: Así dijo Jehová: Mañana a estas horas valdrá el seah de flor de harina un siclo, y dos seahs de cebada un siclo, a la puerta de Samaria.» Imaginen ustedes la situación. La gente muriendo de hambre y el varón de Dios dice: «Mañana la comida va a ser muy barata.» Continúa 2 Reyes 7:2: «Y un príncipe sobre cuyo brazo el rey se apoyaba, respondió al varón de Dios, y dijo: Si Jehová hiciese ahora ventanas en el cielo, ¿sería esto así? Y él dijo: He aquí tú lo verás con tus ojos, mas no comerás de ello.» No hay nada más triste cuando uno tiene hambre que ver a otros comer.

Hace años yo estaba ayunando para que mis padres fueran salvos y yo pasé tres días y tres noches ayunando y no había comido nada. Yo estaba trabajando en un restaurante como cocinero. Estaba haciendo muchísimo calor en la cocina y yo no había comido nada ni tomado nada. Y llegó el jefe y dijo: «¿Saben qué? está un poco flojo el trabajo está noche. Coman lo que ustedes quieran comer está noche.» Yo estaba ahí y dije: «No. Es que no tengo hambre.» Llegaban los meseros ahí y me decían: «¿Quieres una coca? ¿Quieres un refresco? Está haciendo mucho calor.» Yo les dije: «No. Estoy bien. Gracias.»

Imaginen a esté hombre muriendo de hambre. Le dice el varón de Dios: «Mañana tú lo vas a ver con tus ojos, pero no vas a participar de la bendición de Dios por tu incredulidad.»  Quiero destacar algo muy importante de este texto. Dios odia la incredulidad. La fe es la única cosa que le agrada a Dios. Sin fe es imposible agradarle.

Para Dios resulta muy ofensivo cuando nosotros no creemos lo que Él dice. Dios es la Verdad. Él nunca ha mentido. Por eso le resulta ofensivo que nosotros, que somos pecadores y sí mentimos, no le creamos. Cuando Dios promete abrir las ventanas del cielo y derramar una bendición, Dios lo puede hacer.

Dice Malaquías 3:8-11: «¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. 9 Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. 10 Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. 11Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos.»

Dios dice que si confiamos en Él, debemos dar el diezmo y las ofrendas, y Él abrirá las ventanas de los cielos y nos bendecirá. El diezmo es lo que nosotros debemos a Dios. La ofrenda es lo que damos a Dios, pero el diezmo lo debemos. Tú no puedes dar una ofrenda a Dios hasta que le pagues lo que le debes. Hay gente que dice: «Yo he dado mi diezmo, pero nunca vi a Dios bendecirme.» Yo estoy convencido de que muchas veces el Señor nos bendice y no lo veremos hasta llegar al cielo. Muchas veces nos bendice y no nos damos cuenta.

La mayoría de la gente no es fiel con Dios. Dan su diezmo, pero sólo de vez en cuando. Imagine que usted renta un departamento, y paga la renta sólo de vez en cuando. El dueño de la casa no va a estar feliz con nosotros. Muchos cristianos quieren servir a Dios de vez en cuando, y cuando no llega la bendición piensan que lo que dice la Biblia no es cierto. Pero Dios cumple su palabra.

El Apóstol Pablo dice en Filipenses 4:11-13: «No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. 12 Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. 13 Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.»
La aplicación directa de este versículo es que podemos aprender a estar contentos con lo que tenemos. Dios nos da el poder para estar felices y contentos. La gente codiciosa nunca da a la obra de Dios. Nunca dan porque no están agradecidos con Dios por lo que ya tienen. Continúa Filipenses 4:14-18 diciendo: «Sin embargo, bien hicisteis en participar conmigo en mi tribulación. 15 Y sabéis también vosotros, oh filipenses, que al principio de la predicación del evangelio, cuando partí de Macedonia, ninguna iglesia participó conmigo en razón de dar y recibir, sino vosotros solos; 16 pues aun a Tesalónica me enviasteis una y otra vez para mis necesidades. 17 No es que busque dádivas, sino que busco fruto que abunde en vuestra cuenta. 18 Pero todo lo he recibido, y tengo abundancia; estoy lleno, habiendo recibido de Epafrodito lo que enviasteis; olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios. 19 Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.»

Todo lo que tú necesitas, Dios lo va a suplir. Todo lo que te hace falta, Dios lo va a suplir, si tú has creído en la Palabra de Dios, y has aprovechado las promesas de Dios.

Dice 1 Reyes 17:8-12: «Vino luego a él palabra de Jehová, diciendo: 9 Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente. 10 Entonces él se levantó y se fue a Sarepta. Y cuando llegó a la puerta de la ciudad, he aquí una mujer viuda que estaba allí recogiendo leña; y él la llamó, y le dijo: Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba. 11 Y yendo ella para traérsela, él la volvió a llamar, y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano. 12 Y ella respondió: Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir.» Continúa, en Primera de Reyes 17:13-14: «Elías le dijo: No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo. 14 Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.»

Aquí Elías llegó y vio a está viuda preparando su última comida. Iban a morir ella y su hijo. Y Elías le pide agua, y luego pan. Hizo como hace todo pastor bautista fundamental. Primero le pedimos algo y, después, cuando lo hace, pedimos algo más grande. Primero le invitamos a la Iglesia, y luego le decimos que se bautice. Y después del bautismo le decimos que debe venir todas las semanas. Y luego debe empezar a diezmar. Así es Dios. Cuando le obedecemos, Dios sigue probando nuestra fe. Paso a paso. Él quiere que crezcamos en la gracia y conocimiento de Dios.

La mujer era pobre y estaba comiendo su última comida. Y el varón de Dios le pide una torta. Elías, como un pastor bautista fundamental, tenía mucha compasión y amor. Le dijo que le hiciera su torta primero. Imaginen la fe que debía tener la mujer en la palabra del varón de Dios para ir y preparar la última comida que ella tenía, y dársela al siervo de Dios. Y Dios abrió las ventanas del cielo.

Hay gente en mi Iglesia que es muy pobre. Algunos viven en casas de cartón, pero son fieles para dar su diezmo, para dar su ofrenda. Y también dan a los misioneros, y apoyan a la obra de Dios. Algunos incluso dan el 30 o 35% de lo que ganan. Y yo he visto como mejora su situación. Dios es el que decide cuándo nos va a bendecir y cómo nos va a bendecir. No estoy predicando como un Pentecostés: «Da a la obra de Dios y Dios te hace rico.» A veces Él nos prueba, a ver si actuamos con buen corazón. Pero Dios nos puede sostener, y va a cumplir su palabra.

Hace tiempo cuando empecé la Iglesia en México, unas familias querían venir conmigo. «Queremos ir porque vemos que usted le da dinero a su gente,» me dijeron. Mencionaron a un hermano, que antes no tenía ni para comer, y había prosperado mucho: «Desde que van a su Iglesia tienen dinero y yo creo que usted les da dinero.» Yo les conteste que eso no fue lo que paso. Esa persona prosperó porque dejó el alcohol, y comenzó a diezmar. A algunos hombres les molesta que predique sobre el diezmo. Pero van a la cantina y gastan todo su dinero. Y Dios sólo pide el 10%. Hay gente que dice que ya no va más a la Iglesia porque allí hablan de dinero. Pero sí van al restaurant, al trabajo, a las tiendas, y en todos esos lados hablan de dinero. Eso es una hipocresía.

Cristo dijo: «Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón.» Si tú quieres que Dios te abra las ventanas del cielo, debes confiar en lo que dice Su palabra.

Dice 2 Reyes 4:1-7: «Una mujer, de las mujeres de los hijos de los profetas, clamó a Eliseo, diciendo: Tu siervo mi marido ha muerto; y tú sabes que tu siervo era temeroso de Jehová; y ha venido el acreedor para tomarse dos hijos míos por siervos.2 Y Eliseo le dijo: ¿Qué te haré yo? Declárame qué tienes en casa. Y ella dijo: Tu sierva ninguna cosa tiene en casa, sino una vasija de aceite.3 El le dijo: Ve y pide para ti vasijas prestadas de todos tus vecinos, vasijas vacías, no pocas.4 Entra luego, y enciérrate tú y tus hijos; y echa en todas las vasijas, y cuando una esté llena, ponla aparte.5 Y se fue la mujer, y cerró la puerta encerrándose ella y sus hijos; y ellos le traían las vasijas, y ella echaba del aceite.6 Cuando las vasijas estuvieron llenas, dijo a un hijo suyo: Tráeme aún otras vasijas. Y él dijo: No hay más vasijas. Entonces cesó el aceite.7 Vino ella luego, y lo contó al varón de Dios, el cual dijo: Ve y vende el aceite, y paga a tus acreedores; y tú y tus hijos vivid de lo que quede.»

La mujer no tenía nada. Sólo una vasija de aceite. Y el varón de Dios le pregunto qué tenía. Muchos de nosotros queremos que Dios nos bendiga con algo que no tenemos.

Pero si no servimos a Dios con lo que ya tenemos, Él no nos dará más. Me recuerda una anécdota de dos campesinos, que iban caminando, y tuvieron el siguiente diálogo:

-Amigo, ¿somos bien cuates, verdad?

-Oh, sí, por supuesto.

-Y si tú tuvieras un millón de dólares, ¿me darías la mitad?

-Claro, tú eres mi amigo, eres mi cuate. Te daría medio millón.

-Y si tuvieras dos casas, ¿me darías una?

-Sí, si tuviera dos casas, te daría una

-Si tuvieras dos coches, ¿me darías un coche?

-Claro, somos cuates.

-Y si tuvieras dos cerditos, ¿me darías uno, verdad?

-Cállate, tú sabes que yo tengo dos cerditos.

Mucha gente es generosa con lo que no tiene. Pero Dios está interesado en que seamos generosos con lo que sí tenemos.

El siervo de Dios le dijo a la mujer que consiga vasijas. Y ella fue, y pidió vasijas prestadas. Y empezó a derramar el aceite, y nunca cesaba. Nunca se vació. Entre más derramaba, más aceite había. La mujer fue bendecida por Dios según su fe. Debemos creer en Dios. ¿Por qué hay gente que va al infierno? Porque no creen en el Señor Jesucristo. No le piden con fe a Jesucristo que los salve. Si tú quieres que Dios te abra las ventanas del cielo, debes creer en Él.

Debemos actuar correctamente. Como los leprosos que llegaron con mucha hambre al campamento de los sirios. Dios había hecho un tremendo ruido en la noche, por lo que los soldados del campamento pensaron que estaba viniendo un gran ejercito, y dejaron todo ahí. En aquel tiempo, cuando los soldados iban a la guerra, llevaban muchas posesiones. Por eso, cuando llegaron los leprosos encontraron el campamento desierto.

Imagine qué haría usted: se está muriendo de hambre y llega a una ciudad, y no hay nadie. Imagine llegar a una ciudad y encontrar los restaurantes abiertos, con una arrachera cocinando, y unos huevos revueltos con jamón y tocino. Todas las casas y mansiones vacías. Los coches con las llaves puestas. ¿Qué haría usted? Yo no sé usted, pero yo conozco bien a los chilangos, y yo sé que es lo que ellos si harían.

Pero cuando los leprosos estaban comiendo, se dieron cuenta de que no estaban haciendo bien. Se acordaron que mientras ellos comían y bebían, la gente de la ciudad pasaba hambre. Por eso decidieron obrar bien, y volver a contar las buenas nuevas.

La Biblia profetiza que en los últimos días habrá hambre. No de pan, sino por escasez de la Palabra de Dios. Nosotros tenemos el Evangelio. Tenemos la Palabra de Dios. Y si no la compartimos con otra gente, y dejamos que vayan al infierno, somos egoístas y perversos. Debemos compartir el Evangelio, mandar misioneros, mandar pastores, enviar Biblias a quienes no tienen. Dios no bendice a los espíritus egoístas. Dios quiere que nosotros seamos generosos. Si le damos pan a quien no tiene, Dios nos dará más, y nos bendecirá.

Los que no quieren creer, están destruidos. Como este hombre que era consejero del rey, y dijo: «Si Dios abre ventanas en el cielo, ¿podría hacer eso?» Y Eliseo le respondió: «Tú lo vas a ver, pero no vas a participar.» Qué triste eso. Qué triste ver a otros cristianos disfrutar de la bendición de Dios y no participar. Ver a otros entrar en el cielo, y otros ser lanzados al lago de fuego. Lo que sucedió fue que el rey le encargó al consejero que cuide la puerta de la ciudad. La gente entró al campamento y vio que estaba vacío, y había comida, animales, plata y oro. Y el consejero se quedó cuidando la puerta.

Quienes conocen el metro del D.F, saben que allí se viaja muy apretado. Y a veces sucede que uno no quiere bajar, pero la gente lo atropella a empujones y hasta lo bajan. Imaginen a este hombre cuidando la puerta de la ciudad, y toda la gente muriendo de hambre. Cuando salió la gente hambrienta, aplastaron a este hombre, por incrédulo. Este hombre alcanzó a ver con sus ojos la bendición de Dios, pero no pudo participar de ella. Es muy triste ver cómo otros reciben la bendición, por haber creído en Dios, y en lo que el siervo de Dios dijo. Es feo ver como Dios abre las ventanas del cielo sobre otros, y uno ser excluido por su falta de fe. Debemos creer en lo que la Biblia dice, y Dios nos bendecirá.

Había En Cesarea Un Hombre Llamado Cornelio

Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada la Italiana, piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre. -Hechos 10:1-2

«Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio.» Qué interesante forma de empezar esta porción de la Palabra de Dios. Y más interesante aún es la descripción que se nos da de este hombre gentil, (porque no era ni siquiera Judío.) Se nos dice que era un centurión. Se nos da el nombre de su batallón. Se nos dice que era piadoso y temeroso de Dios; no sólo él, sino con toda su familia y todos los de su casa, (esto incluye a sus siervos también.) Se nos dice además que daba limosnas al pueblo, y no pocas. Tenía dinero. Y al final algo muy importante: Oraba a Dios siempre. Cornelio oraba en todo tiempo. Oraba sin cesar. Oraba de continuo. Pero no era salvo. ¡Todas estas cualidades y no era salvo! Sin duda algo muy interesante.

Un centurión era una persona muy importante dentro del ejército romano. Era una persona encargada de unos 80 soldados y se le podría comparar a un capitán de nuestros días. Para llegar a ser un centurión se necesitaba de mucha valentía y temple. Sin duda Cornelio era un valiente y un ejemplo para muchos.  Cornelio era una buena persona, con un tremendo testimonio. Pero no era salvo.

La Biblia dice que él vivía en Cesarea, un puerto bien mundano. Cesarea era el puerto más importante de Israel en esa época y fue construida por Herodes. Era una fortaleza llena de amenidades. Desde un teatro, un anfiteatro, albercas y saunas (todas estas amenidades principalmente para los soldados romanos.) Por esta misma razón era un lugar en donde abundaba el pecado. Imagínese a un puerto como Acapulco, lleno de discotecas y mundanalidad. Cornelio vivía en esa ciudad. Pero no era atraído por todo eso. Sino que amaba a Dios. Daba sus ingresos a los necesitados. Pero no era salvo.

La Biblia nos explica en todo el capítulo 10 y parte del capítulo 11 de Hechos de cómo Cornelio y su familia y amigos fueron salvos. Dios le dijo a Pedro que fuera a la casa de Cornelio y que le compartiera el evangelio para que pudiera ser salvo. Dios también le dijo a Cornelio que Pedro iba a venir hasta su casa. «Él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa.» Hechos 11:14. ¡Entonces Cornelio reunió a muchos en su casa y todos fueron salvos! Ahora Cornelio sí era salvo. Cornelio fue el primer gentil en ser salvo.

Me pregunto cuantas personas hay a nuestro alrededor como Cornelio. Gente religiosa pero sin salvación. Gente buena pero sin salvación. Gente que en realidad ama a Dios, pero por las mentiras de la iglesia católica y sectas, no han sido salvas. Confían más en sus buenas obras que en lo que Cristo hizo en la cruz. Piensan que por orar cada mañana, y encomendarse a Dios, ya van a ir al cielo. Piensan que por dar buenas ofrendas y limosnas ya tienen la salvación. Cornelio era mucho mejor que muchos cristianos hoy en día pero no era salvo. Si usted es como Cornelio, asegúrese de que no le falte esa única cosa que a Cornelio le faltaba… Cristo en su corazón.

Señor, Creo, Pero Ayudame A Creer Mas En Ti

«Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto?  Y él dijo: Desde niño. 22 Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua,  para matarle;  pero si puedes hacer algo,  ten misericordia de nosotros,  y ayúdanos. 23 Jesús le dijo: Si puedes creer,  al que cree todo le es posible. 24 E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo;  ayuda mi incredulidad. 25 Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba,  reprendió al espíritu inmundo,  diciéndole: Espíritu mudo y sordo,  yo te mando,  sal de él,  y no entres más en él. 26 Entonces el espíritu,  clamando y sacudiéndole con violencia,  salió;  y él quedó como muerto,  de modo que muchos decían: Está muerto. 27 Pero Jesús,  tomándole de la mano,  le enderezó;  y se levantó.» Marcos 9:21-27.

Aquí tenemos a un padre preocupado por la vida de su hijo, pues su hijo estaba endemoniado.  El Señor Jesús, le pregunta, que desde cuando estaba así; y el padre del muchacho, le contesta que desde niño. Esto quiere decir que por muchos años, este papá, había visto a su hijo padecer por causa de este espíritu. Y no sólo eso, sino que este espíritu malo, este demonio, era un espíritu mudo y sordo. Imagínese a este papá no poder conversar con su hijo. Imagínese a este papá no poder oír a su hijo decirle: «Papá, te amo. Papá, te quiero. Gracias papá por todo lo que haces por mí. Gracias papá por preocuparte por mí.»

Este era un papá, no solo preocupado, pero desconsolado al ver la situación en la que estaba su hijo. Y él, a pesar de todo esto, tenía un poquito de fe. Él quería creer que Jesús tenía el poder para sanar a su hijo. Él quería creer que Jesús salvaría a su hijo. Esta era su oportunidad. Este era el chance que él había esperado toda su vida. El ver a su hijo sano y salvo, como todos los demás jóvenes de su edad. Qué espera. Qué amor.

Este papá, no le exigió a Jesús que sanara a su hijo. Sino que le dijo: «Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros. Y ayúdanos.» El Señor Jesús, no le dice de manera inmediata: «Ok, está bien. Ya está. Tu hijo está sano. Te puedes ir con él.» No le dice eso. Sino que pone a prueba su fe, y le dice: «Si puedes creer, al que cree, todo le es posible.»

Y aquí encontramos a un papá bien sincero al decir: «Señor, creo, ayuda mi incredulidad.» En otras palabras, este papá le estaba diciendo a Jesús: «Señor, creo, pero ayúdame a creer más en Ti.» «Señor creo, pero Tú no sabes cuánto he sufrido.» «Señor, creo, pero tú no estabas cuando mi hijo se estaba ahogando en el mar, y se me hace un poquito difícil creer que Tú lo puedes sanar.» «Señor, creo, pero tú no estabas cuando mi hijo se aventó hace unos días en el fuego para matarse, y la verdad Señor es que hay un poquito de incredulidad en mi.» «Señor, creo, pero han sido años tan difíciles, noches de desvelo, meses de angustia, años de soledad. Señor, creo, pero… me gustaría creer más.» «Señor ayuda mi incredulidad. Ayúdame Señor, porque hay veces que pienso que Dios no es real.» «Señor, creo, pero hay veces que ya no hay esperanza en mi.» «Señor creo, pero la verdad es que he estado molesto con Dios por lo que me ha pasado, y si, hay incredulidad en mi. Por eso te pido que ayudes mi incredulidad. Quiero creer que Dios me puede ayudar a salir de mis problemas. Señor creo, pero ayúdame a creer más.» Y Jesús le dijo, «está bien. Te voy a ayudar.»

Cuando parezca que ya no hay esperanza, crea en Dios, y pídale que le ayude en su incredulidad a creer más en Él. Dios le puede ayudar.