Aceite Fresco

ACEITE FRESCO

Por el Pastor Jack Hyles

Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David. Se levantó luego Samuel, y se volvió a Ramá.” 1 Samuel 16:13.

Aquí David era sólo un jovencito que se dedicaba a cuidar las ovejas de su padre.  Samuel entonces viene a la casa de Isaí y le dice que uno de sus hijos iba a ser ungido rey.  Isaí hace venir a cada uno de sus hijos y Samuel una y otra vez le dice: ­”No. Este no es. Este no. Este tampoco.” Y así sucesivamente. Hasta que le dice: “¿Tienes más hijos?” Isaí responde: “Bueno, tengo uno más. El bebé de la familia y ahorita se encuentra cuidando las ovejas.”  Samuel le dice: “Manda a traerlo, porque no vamos a comer hasta que él venga.” Luego llega David y es ungido por Samuel.

2 Samuel 2:4 dice: “Y vinieron los varones de Judá y ungieron allí a David por rey sobre la casa de Judá. Y dieron aviso a David, diciendo: Los de Jabes de Galaad son los que sepultaron a Saúl.”  Yo pensé que David ya había sido ungido por Samuel. Pero eso no es todo, note 2 Samuel 5:3 lo que dice: “Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel al rey en Hebrón, y el rey David hizo pacto con ellos en Hebrón delante de Jehová; y ungieron a David por rey sobre Israel.” Esta es la tercera vez que David es ungido rey. Primero cuando era un pastorcito de ovejas, después cuando lo ungen rey de una porción de la casa de Judá y la tercera vez es ungido rey sobre todo Israel.  Por eso es que David dice en el Salmo 92:10: “Pero tú aumentarás mis fuerzas como las del búfalo; seré ungido con aceite fresco.

Cuando era un pequeño niño, yo era muy tímido y miedoso.  Mi padre era un alcohólico. Mis memorias de aquellos tiempos, era cuando mi papá llegaba a casa borracho, tal vez golpeando con el carro el árbol que estaba afuera de la casa, mi mamá llorando y pidiendo a él que fuera un padre decente. Vine a ser un niño muy nervioso, muchas veces en la iglesia mi mamá tenia que sacarme, porque tenía miedo y comenzaba a llorar incontrolablemente. Estoy hablando de cuando tenía ocho, diez y hasta trece años.  Empezaba a llorar en la iglesia, era tan solo un pequeño. El Hermano MacRoy, nuestro pastor, detenía el servicio y decía: “Hermanos, tenemos que dejar que la hermana Hyles lleve al pequeño Jackie a la casa.” Tal como cuando sacas a un bebé del servicio. Mi mamá me trataba de calmar y yo no podía controlarme. Tenía presión alta, a veces faltaba a la escuela, tenía tan alta presión que hasta hablaban de la escuela para ver como estaba o mandaban a una enfermera para que me checara. Siempre era el flaquito, pesaba aproximadamente 45 kilos cuando cumplí 17 años. Me llamaban el niño Jackie. Sí hubieran votado por el menos afortunado, yo hubiera ganado eso. Amaba los deportes, pero yo era demasiado pequeño para jugar. No salía con las muchachas, porque yo tenía 17 años y las que eran de mi tamaño eran las niñas de 10 o 12 años.

Nadie me tomaba en serio. A la iglesia a la que yo iba, también asistía el hno. Joe Boyd. Joe Boyd es mi héroe. Él es diez años mayor que yo. Aunque yo se que parece que es 25 o 30 años mayor que yo. Joe vivía a dos cuadras de mí casa. Joe pertenecía a la pandilla de la calle Britney y era una de las pandillas más temidas.  Mi mamá me decía, si ves que viene Joe, regrésate pronto a casa. Él pesaba aproximadamente 110 kilos, yo pesaba 45 kilos. Joe era un jugador de futbol americano, boxeador y luchador de lucha grecorromana. El era lo máximo. Todos nosotros en la iglesia admirábamos por donde él caminaba, aunque el camino por donde él caminaba era pecaminoso.

Yo estaba en la iglesia el día en que Joe Boyd se puso a cuentas con Dios. Yo estaba allí, cuando dio su vida para predicar el evangelio. Nunca voy a olvidar lo que nuestro pastor dijo. Paró el servicio y dijo: “Hermanos, ¿Adivinen qué? El jugador de futbol americano ha rendido su vida para predicar el evangelio.” Los hermanos decían: “¡Gloria a Dios! ¡Bendito sea el Señor!” Todos decían: “Joe Boyd va a ser un predicador.” Podíamos imaginar que Joe Boyd podía ser ladrón o asesino, pero no predicador. Yo les dije a mis amigos: “¡Carambas! Joe Boyd va a ser predicador.”

Una noche mientras Joe Boyd estaba sentado atrás de mi, algunas cuantas bancas, Dios me llamó a predicar. Y Dios me dijo: “Jack, quiero que seas predicador.” Y yo contesté: “¿Cuál Jack?” Y Él me dijo: “Tú.” Yo era tímido y le dije a Dios: “Ellos se reirán de mí y de Ti. De mí porque yo no puedo predicar y de Ti porque hiciste una elección muy pobre. Se van a reír de mí.” Pero Dios me dijo: “Yo quiero que seas predicador.”

Mientras se daba la invitación, una jovencita adolescente, (ella no sabía pero el Espíritu Santo la guió para que me escribiera) me escribió en un papelito: “Jack, ¿Por qué no te rindes para predicar?, yo sé que Dios te está llamando.” Caminé por el pasillo y le dije a mi pastor. “Pastor, Dios me ha llamado a predicar.” Nunca se me va a olvidar lo que el pastor me dijo. El pastor se quedó pensando y de forma dudosa me dijo: “¿Estás seguro?” Yo le dije: “Sí pastor, estoy seguro.”

Cuando Joe Boyd se rindió a predicar, el pastor dijo: “¡Gloria a Dios, Aleluya!” Pero cuando yo me rendí a predicar, dijo: “Hermanos, ustedes saben que Dios es un Dios de milagros, es el Dios que partió el Mar Rojo, es el Dios que  hizo que se parara el sol, y es el Dios que aun puede obrar milagros, el pequeño niño Jackie Hyles se a rendido para servir al Señor, para predicar el evangelio.” Y nadie dijo ¡Amen!, nadie dijo ¡Gloria a Dios! Algunos, lo único que pudieron decir fue: “¡Oh! ¡Señor!” Nadie estaba contento.

Recuerdo que fue en la noche de año nuevo de 1944. Muy tarde a media noche el 1º de Enero de 1945, yo ordeñé las vacas afuera, y levante mis ojos al cielo de Texas y le dije: “Señor, yo no soy tan grande como Joe, y no soy tan fuerte como Joe, no puedo darte tanto como Joe te puede dar, pero puedo darte tanto como Jack Hyles puede darte.” Y Dios sabe que es verdad, si un niño le da su todo a Dios, Él puede usarlo de alguna forma. De cualquier forma, nadie quería que yo le diera algo de mi, pero Dios ha hecho tanto con eso poquito que yo le di esa noche.

Mi papá no vivía con nosotros. Mi papá y mi mamá estaban separados. Era el día de año nuevo. Mi papá llamó por teléfono. Mi papá me habló y me dijo: “Hijo, te veo en el centro de Dallas, quiero verte.” Lo vi por diez o quince minutos. Me dio cinco dólares para llevarlos a casa. Sólo pase unos cuantos minutos con mi papá. Me subí en el transporte público, y fui a la esquina de la calle de Commerce y Akard, la esquina de los jugadores de futbol.  En una esquina se encontraba un Banco, un Hotel en la otra esquina, y la tienda de licor en otra esquina.  Mi papá me dijo que lo viera enfrente de la tienda de licor. Allí estaba mi papá, el primer día de año nuevo de 1945. Por cierto, mi papá odiaba a los predicadores, si alguien odiaba a los pastores era él. Él pensaba que todos los pastores querían dinero. Le dije: “Papá, tengo algo que decirte, Dios me ha llamado a predicar. Me llamó para que viva mi vida siendo un predicador.” Mi papá pesaba 120 kilos, había sido luchador profesional cuando era más joven.  Mi papá sacó su brazo tan grandote, me pegó y me aventó contra la pared de esa tienda de licores, me maldijo y me llamó de nombres. Finalmente estaba yo tan débil que caí y me pateó en un costado y me maldijo y me dijo: “Tu eres un triste hijo…” Y me comenzó a maldecir. “Me avergüenzas. ¡¿Cómo es que quieres ser un triste predicador?! Empezó a cruzar la calle, una pequeña multitud se juntó, yo estaba tirado allí en la banqueta, mi papá regresó, cruzó otra vez la calle, me volvió a patear y a maldecir y me dijo: “Si vas a ser un pastor, más vale que levantes la iglesia más grande del mundo.” Después de 25 años, recibí una placa que decía: “La Escuela Dominical Más Grande del Mundo” Me apuré para irme a mi oficina, caí sobre mi rostro y le dije: “Papá, hice lo que me dijiste, hice lo que me dijiste.”

Después de que fui llamado a predicar, un hombre llamado Dan Davis, me preguntó si yo podía predicar por él en una Iglesia Bautista de Dallas, Texas. Yo le dije: “¡Claro!” Tenía que predicar el miércoles por la noche, nunca lo había hecho y nadie me dijo que yo tenía que estudiar. El pastor de nuestra iglesia siempre que oraba antes de empezar el servicio decía: “Señor, guíame en todo lo que yo tengo que decir.” Yo suponía que eso era exactamente lo que pasaba. Eso fue lo que dije: “Dios, guíame en todo lo que yo tengo que decir.” Un diacono de la iglesia me presentó y dijo: “Nuestro pastor está de vacaciones pero no dejo el pulpito vació.” (Yo diría que casi lo dejó vació)  “Tenemos al joven hermano Jack Hyles aquí esta noche, estamos listos para oír lo que Dios puso en su corazón.” Mi pensamiento en ese momento fue… “Yo no sé de él, pero yo también estoy listo para ver que es lo que Dios pone en mi corazón.” Me paré, y ¿sabe? a Dios se le olvido poner algo en mi corazón. Empezaba y paraba. Empezaba y paraba. Usted sabe como es eso. Después de tres minutos dije: “Hermanos, sí que está haciendo calor aquí. Dios me llamó a predicar, pero no sé cómo hacerlo.” Y me senté. Los hermanos se acercaban a mí para tratar de consolarme. Mi mejor amigo se me acercó y me dijo: “Jack, no te metas en esto de predicar.”

Vi a un hombre no hace mucho en Texas, (esa noche en el servicio prediqué en esta iglesia aproximadamente una hora y media,) esté hombre me dijo: “No puedo creerlo, no puedo creerlo. La primera vez que predicaste en la Iglesia Bautista de Dallas, Texas, sólo tardaste tres minutos y ahora no puedo creer que puedas predicar una hora y media.” Y continuó diciendo: “Aunque me gustaron más tus tres minutos.”

Fui al Colegio Bautista de Texas, las primeras semanas allí, el profesor de Psicología, se me acercó y me dijo: “Tú eres nuevo en la escuela, ¿verdad?”­ -“Sí,” le respondí. “¿Eres predicador?” Yo pensé, “Pues sólo tengo tres minutos de experiencia.” Y le respondí que si a su pregunta. (Y claro le pedí a Dios que me perdonara.)  El dijo: “Estoy predicando en un avivamiento en norte y sur de Marshall, la próxima semana y no he podido encontrar alguien que me ayude, todos los jóvenes predicadores están ocupados. ¿Irías tú a predicar conmigo?” Le respondí: “Sí, yo voy.”

El próximo domingo en la mañana, estaba sentado enfrente. No tenía mensaje, (tenía el mismo mensaje de la vez pasada, que sólo duraba tres minutos.) Me paré, no recuerdo que Salmo fue el que predique, recuerdo que abrí mi Biblia y donde se abrió, eso fue lo que leí.  Yo solo leía el versículo y gritaba repitiendo algunas partes del versículo. Después que me di cuenta ya habían pasado 15 minutos. Solo leyendo y gritando, leyendo y gritando. Pasaron 30 minutos y yo seguía leyendo y gritando. ¡Oiga usted! Pasaron 45 minutos y yo seguía leyendo y gritando, leyendo y gritando. Y ¡Gloria a Dios! ya han pasado 35 años y yo sigo leyendo y gritando, leyendo y gritando. Después de que termine de predicar, se acercó a mí un diacono y me dio un cheque y yo le dije: “¿Para qué?” “Doce dólares,” me dijo.  -“Sí, pero ¿para qué? ¿Qué hice que me esta dando dinero? A mi nadie me da dinero.” Me dijo: “Este dinero es por predicar.” Le dije: “Escúchame amigo. Usted no me va a comprar. He oído de gente como usted. Está perdiendo el tiempo. Llévese su dinero. Mientras yo viva, me voy a parar por el Señor en lugar de aceptar dinero por predicar el glorioso evangelio de Jesucristo.” (Le quiero decir a mis diáconos que he cambiado mucho acerca de esto.)

Después de unas pocas semanas me llamaron para que pastoreara mi primera iglesia, si es que se le puede llamar iglesia, una iglesia con 19 personas. Era un pequeño edificio, las paredes parecían que se iban a caer, pero gracias a Dios las mantuvo de pie. Ni siquiera había baño, el baño era afuera. Solamente una persona en toda la iglesia tenía teléfono, pero ni siquiera se oía cuando sonaba. Había una hermana que podía tocar un solo himno en el piano, todo lo que ella podía tocar era “En la Cruz”, así que todo lo que cantábamos era con el tono de “En la Cruz.” Trata de cantar todos los himnos con el mismo tono y vas a ver que problemas vas a tener.

Nadie vino al altar el primer domingo, el segundo domingo nadie vino al altar, y el tercer domingo nadie vino al altar y por todo el año nadie vino al altar. Nadie fue salvo, nadie cambio su membresía  a la iglesia por medio de carta, ninguna persona rededicó su vida al Señor, nadie se bautizó, por todo un largo, vacío y miserable año.

Me salía al patio de atrás, antes de predicar. Y le decía al Señor: “¡Oh, Señor! Estoy apunto de morir, no puedo ser un predicador así, nadie es salvo, ni domingo en la mañana, ni domingo en la tarde, nadie esta siendo salvo, no puedo hacerlo.” A veces me iba afuera de la ciudad, al campo, donde había muchos pinos, durante la noche y le decía al Señor: “No puedo ser un predicador así, no puedo hacerlo, no puedo hacerlo. No soy un predicado, no lo soy, no lo soy.”  Algunos de ustedes predicadores se sienten así, en este momento, pero dices: “Yo quiero pagar el precio, quiero la llenura del Espíritu Santo, para mí y para mi ministerio. Quiero saber lo que es oír Su voz cuando yo predico, cuando yo hablo.”

Fui a la librería del Colegio, tomé todas las biografías de todos los grandes hombres que yo pude encontrar. Leí docenas y docenas de biografías. Leí la vida de D.L. Moody, mi corazón ardía dentro de mí al leer como dos hermanas en la iglesia le decían a él: “Pastor Moody, Dios tiene mucho más para usted, Dios tiene mucho más para usted.” Él decía: “No, no oren por mí. Tengo 2, 3,5 o 10 salvos cada vez que predico. No oren por mí.” Pero ellas le decían: “Hno. Moody, Dios tiene un poder para usted que todavía usted no tiene. Dios quiere que tenga Su poder.” Un día mientras D. L. Moody estaba en Nueva York, en una calle, colectando dinero para una campaña, sintió cuando de pronto el aliento de Dios vino sobre él que lo tumbo al pavimento. Se paró y se fue rápido a su cuarto de hotel, cayó sobre su rostro, habló con Dios y nunca más volvió a ser el mismo después de eso. Siguió usando el mismo mensaje, pero en lugar de solo tener 5 salvos, tenia 50 salvos, mismo pasaje, misma ilustración, pero en lugar de 10 ahora son 100 salvos.

Puedo recordar que yo era aquel joven predicador de un pequeño pueblo, que no podía tener ningún salvo.  No sabe usted como estaba mi corazón ardiendo. Yo le dije al Señor: “¡Oh Dios! Tú pudiste hacer esto en 1849 y lo puedes hacer en 1950.”

Leí la historia de Christmas Evans. De cómo él en una ocasión, mientras estaba cabalgando, se sintió tan mal de su condición, que se puso de rodillas sobre su rostro al lado de su caballo, y el poder de Dios vino sobre él y nunca volvió a ser el mismo después de esto. Mi corazón ardía más con esto.

Usted puede pensar y decir lo que quiera, me puede llamar como quiera pero hay algo que no necesariamente lo obtienes con la salvación, y es el predicar el evangelio con el poder, con la llenura del Espíritu Santo. No estoy hablando de ese poder del que tanto presumen los carismáticos, no estoy hablando del hablar en lenguas, estoy hablando del poder del Espíritu Santo.

Leí la historia de Mr. Rullof. De cómo llegó a la iglesia el domingo en la mañana, se paró y no predico por cinco horas porque decía que no tenía el poder. El dijo: “No puedo predicar. No lo haré.” Y estuvo de pie por una, dos, tres, hasta cinco horas y la gente hambrienta se quedó allí esperando hasta que predicó con poder. Mi pequeño corazón tejano, se quemaba sólo dentro de mí. Y le decía: ¡Oh Señor! Eso puede ser, puede ser cierto en mi.

Tomé la biografía de Charles Finney y leí acerca de su vida. Él habla de cómo cuando él fue salvo, fue lleno del Espíritu Santo. John Wesley dijo, de cómo el 3 de Octubre de 1738, a las 3 de la mañana, después de estar orando toda la noche, como fue llenó del Espíritu Santo. Y él supo que por primera vez en su vida, tenía la llenura del Espíritu Santo.

Leí sobre George Fox de como él ayunó por 15 días, estuvo orando y el Espíritu Santo vino sobre él. Leí de Peter Cartwright, quien cuando predicó su primer mensaje el poder de Dios vino sobre él.

Domingo tras domingo predicaba. Yo no pesaba mucho, sólo 65 kilos. Perdí peso y llegué a pesar 60 kilos. Desayunaba, pero tenía que salirme por atrás de la iglesia y todo el desayuno lo vomitaba. Iba al pulpito y le decía al Señor: “¡Oh, Señor, oh Señor! Haz algo, haz algo.”

Mis diáconos llamaron para tener una reunión, me dijeron: “Pastor, estamos preocupados por usted. Estamos muy preocupados, ¿qué le pasa? Tiene que comer, tiene que cuidarse.” Mi mamá me decía: “Hijo, estás perdiendo peso, tienes que cuidarte.” Yo les dije: “Soy un predicador sin poder y no sirvo para predicar.”

“Por el amor de Dios, pastor, no le mienta a su gente. Póngase de rodillas sobre su rostro y espere, espere, espere en el Señor,” ellos me dijeron. La Biblia dice en Isaías 40:31: “Los que esperan a Jehová tendrán fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.”

En la autopista 43 entre Marshall, TX. y Henderson, TX., yo andaba entre los pinos, a media noche. Detuve mi carro a lado del camino. Usted hubiera visto a este pequeño predicador, diciendo: “¡¿Dónde está el Dios de Elías?! ¡¿Dónde está el Dios de Elías?!” Y lloré y lloré. Fui a mi pulpito y nada pasó. Y oré a Dios otro poco. En Mayo 12 de 1950, me tiré encima del follaje en el bosque. Había orado toda la noche. Y dije: “¡Oh, Dios! No me importa lo que sea, yo quiero pagar el precio.” No sabía lo que eso significaba. A las 6:00 de la mañana, después de haber orado toda la noche, regrese a casa y  desayuné. Me senté en la sala. Eran como las 10:00 de la mañana. Me puse a leer el periódico. El teléfono sonó. “Llamada de larga distancia para el pastor Jack Hyles,” dijeron del otro lado del teléfono. Yo le dije: “Yo soy Jack Hyles.” Me dijo: “Soy Smith, yo trabaje muchos años con su padre poniendo tabla roca. Hno. Hyles,” y con un nudo es su garganta me dijo, “su papá acaba de morir de un ataque cardiaco.”

Yo dije: “Señor, yo no quise decir eso, no quise decir eso, mi papá no era salvo.” Mi papá desde que yo sé, tenia aliento alcohólico. Me tiré en el  piso y le dije a Dios: “Yo no quise decir eso de querer pagar un precio. Yo sólo estoy tratando de predicar, Tú lo sabes. Yo no te pedí que te lo llevaras.”

Manejamos hasta Dallas, a la casa Funeraria O’Neil, el mismo lugar en donde se veló al presidente Kennedy. Me paré a un lado del féretro. Y miré a la cara de mi padre, y lo toqué, y recuerdo de que tan frio él estaba. Miré a su cara y sentí una mano en mi hombro, me di la vuelta, pero nadie estaba allí, nadie estaba alrededor y el Señor me dijo: “Yo sostengo a mis predicadores con mi mano derecha.” Después de eso enterramos a mi papá en un pequeño pueblo llamado Lily, Texas. Lo enterramos junto con dos pequeñas hijas de mi mamá, que ya estaban allí enterradas.

Todos fuimos a casa, pero no mucho después yo regresé y me tiré sobre la tumba de mi papá. Y le dije: “Amado Dios, no me voy a ir de aquí hasta que Tú hagas algo.” Mi papá sólo me escuchó predicar dos veces en el año antes de morir.  Se sentó allí, un domingo en la mañana, en una de las bancas del frente. Yo le rogué que fuera salvo y él no lo hizo en esa ocasión. Él me dijo: “Voy a ir a Dallas y en la primavera yo voy a regresar, y voy a ser salvo y ¿Qué te parece si me bautizas?” Pero él nunca regresó. No sé cuánto tiempo estuve sobre la tumba de mi papá. Alguien que me conocía muy bien me dijo que estuve ahí muchos días, yo no tengo ni idea. Todo lo que sé, es que cuando me puse de pie y prediqué el domingo por la noche, prediqué y la invitación tardó hasta las 11:15 de la noche.

Pastor, predicador, no importa cuánto pienses que tú ya has aprendido, si el Espíritu Santo no está sobre ti, estás perdiendo el tiempo. No importa cuánto tu hayas aprendido de finanzas en la iglesia, cuanto hayas aprendido de el club de los pescadores, cuanto hayas aprendido de construir tu escuela dominical, cuanto hayas aprendido de ministrar a los huérfanos, no importa cuánto tú sepas, si el poder de Dios no está sobre ti, entonces estas desperdiciando tu tiempo.

Recuerdo al pastor Akerman de la Primera Iglesia Bautista de Hollywood, Florida. Teniendo una asistencia de unos cien, en una pequeña iglesia, vino a una conferencia de Pastores aquí a Hammond, IN. Él me dije que nunca había estado tan desanimado en su vida. Estuvo aquí una semana. Y Dios comenzó a hablarle al corazón. Un día después de la conferencia, de regreso a sus iglesias, iban pasando por un pueblito, cuando de repente el pastor Akerman le dijo al pastor Jim Masten, mientras iban en el carro: “Detente.” Bajaron del carro, se postraron en sus rostros e hicieron un altar ahí al lado de la carretera y el poder de Dios vino sobre esos dos hombres. Jim se fue a Wisconsin y levantó una gran iglesia. El Pastor Akerman ahora tiene una iglesia de 3000 en la Escuela Dominical y la misma cosa te puede pasar a ti. Sí pagas el precio y no te quedas siendo un predicador sin poder. No tienes que ser un predicador sin el poder. ¡No, no, no, no tienes que ser un predicador sin poder! El poder que Dios le dio a Billy Sunday, Tom Malone, Bob Gray, John Rice, Bob Jones Sr. o a mí, es para ti.

Recuerdo como solía sacar la Biblia, leía Lucas 3:16 “respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.

Hechos 1:4 “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí.”

Lucas 24:49 “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.”

Hechos 1:8 “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”

Hechos 2:7 “Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan?” (Estaban llenos del Espíritu Santo)

Efesios 5:18 “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu.”

Espere un minuto…el error viene cuando nosotros pensamos que todo lo que necesitamos es al Espíritu Santo una vez. David dijo: “Tengo que ser ungido con aceite fresco.” El fue ungido de jovencito, y luego una vez más como adulto para ser el rey de Judea fue ungido, y otra vez más cuando ya era grande, cuando fue proclamado rey de todo Israel fue ungido. Entre más crezca tu ministerio, entre más tengas responsabilidades, necesitas renovar tu ungimiento del Espíritu, con aceite fresco.

Recuerdo que una pequeña iglesia de 44 personas me llamó en Garland, Texas para que yo fuera su pastor. En nuestro primer aniversario tuvimos 617, en nuestro segundo aniversario 1780, en el tercer aniversario 2012, en el cuarto aniversario tuvimos 3163 de asistencia.

El 31 de Diciembre de 1954, fui a mi oficina, a medio día y le dije al Señor: “Mi Dios, la iglesia es muy grande para mí.” En ese tiempo yo no sabía que debía de llevar algún tipo de archivo de la iglesia. Cuando yo fui al colegio, tomé el curso de biblia, así como maestro de enseñanza secundaria. Porque yo pensaba que la iglesia que yo pastoreara no me iba a poder pagar un sueldo completo, entonces yo iba a poder trabajar durante el día en alguna escuela para solventar mis gastos y además, influir en la vida de mis estudiantes.  No había escuelas cristianas en esos días, yo iba a trabajar en alguna escuela pública de un pequeño pueblo. Y de repente yo me encontraba diciendo: “No se como guiar a esta iglesia, esta creciendo y yo nada mas ando aquí sin saber qué hacer con esta iglesia tan grande.” La iglesia se había puesto muy grande y yo no sabía como guiarla.

Era el 31 de Diciembre de 1954, cuando entre a esa pequeña oficina. Yo le dije al Señor, “Señor, tengo que irme. La iglesia es tan grande, y no soy un buen predicador.” (Y aun no lo soy,) Le dije: “Necesito irme de aquí, dame una pequeña iglesia. Déjame empezar otra vez desde el principio. No puedo pastorear a toda esta gente. No sé cómo hacerle” Tomé un pequeño papel, y en ese papel escribí: “Queridos hermanos, esta es la cosa más difícil que he hecho en toda mi vida, pero la iglesia se ha puesto demasiado grande para mi. Los amo como amo a mi propia vida, pero, no puedo pastorear la iglesia, es demasiado grande para mi, en treinta días presentaré mi renuncia.” Puse esa renuncia enfrente de mí y me puse de rodillas y dije: “Querido Señor, sí no haces algo por mí de hoy a mañana, voy a tener que leerla. ¡No sé qué hacer!” Oré, oré de las 11:00 p.m. a las 11:30 p.m., a las 12:00, a las 12:30, hasta la 1:00 a.m. A la 1:00 a.m. alguien tocó a la puerta y esa carta seguía enfrente de mí. Era uno de los diáconos de la iglesia, el hno. S.O. Burnett; quien se encuentra ya en el cielo; estaba parado frente a mi puerta con lágrimas en sus ojos y me dijo:”Pastor, ¿Qué le pasa a mi pastor? ¿Qué le pasa a mi pastor?”  -“A que te refieres,” le dije.  -“No pude dormir, Dios me despertó y me dijo que algo le pasaba a mi pastor.  Corrí a su casa para ver sí estaba aquí, por eso vine. ¿Qué le pasa a mi predicador?” Y yo le enseñe mi renuncia. El me abrazó y lloró y me dijo: “Pastor, no nos puede dejar, usted nos ganó a todos para Cristo. Todos nosotros somos sus bebés, nosotros no vamos a saber que hacer sin usted. No podemos tener  la Iglesia Bautista de Miller Road sin usted, no puede dejarnos.”

“No puedo, no puedo, no soy lo suficientemente bueno como predicador, no puedo,” yo le respondí. Él me dijo: “Vamos a orar.” Él oró, yo oré. Oramos desde la 1:30 a.m. a las 2:00, de las 2:00 a las 2:30, de las 2:30 a las 3:00 y así hasta las 6:00 de las mañana. A las 6:00 de las mañana, ¡algo maravilloso paso en mí! No puedo explicarlo, pero sentí la mano del Señor otra vez, y le dije al hermano Burnett: “Yo creo que Dios hizo algo por mí.” Y él me dijo: “Eso quiere decir que no se va.” Le dije: “Yo te lo haré saber en unas cuantas horas.” Me abrazó, me levantó y me dio vueltas y vueltas diciendo una y otra vez: “No se va a ir, verdad. No se va a ir, verdad. No se va a ir.”

Esa mañana, me levanté a predicar. ¡Oh! Me hubiera gustado que tú estuvieras ahí. Algo vino sobre este predicador, quiero decir: “Aceite fresco, Aceite fresco, Aceite fresco.” Cuando termine de predicar, uno por uno me decía: “¡¿Qué le pasó a usted?!” Y tomé esa carta de renuncia y la partí en pedacitos. Y dije: “¡Bendito sea el Señor! Me quedo, me quedo. No me voy a ir.” ¿Por qué? ¿Sabes? Tú no necesitas un nuevo campo, lo que tú necesitas es una nueva unción de aceite nuevo del Espíritu Santo. Tienes que decir hoy: “Yo le prometo a mi Dios, por la Gracia de Dios, que voy a buscar un lugar para orar porque quiero tener aceite nuevo en mí. No voy a ser un predicador sin poder. ¡No, no, no!” El ungimiento del Espíritu Santo es lo que tú necesitas.

Tuvimos un maravilloso ministerio allí, yo pensaba que allí iba a pasar mi vida. Todos en la iglesia eran jóvenes como yo. Había muy pocos que tenían más de treinta. Teníamos una maravillosa iglesia. Y luego en Diciembre de 1958, recibí una carta de Hammond, Indiana. Decía que después de once años de servicio el pastor de la iglesia había renunciado. ¿Sabe como obtuvieron mi nombre? Enfrente de esta iglesia, al otro lado de la calle, había una pequeña tienda. Un hermano de esta iglesia era el dueño. Ahora uno de nuestros diáconos. El vende de todo en esa tienda. El tiene de todo. Todo lo que usted quisiera, solo tenía que pedirlo. Él tenía también un librero de libros religiosos y en él había un catálogo de la casa editorial Zondervan. Y él se puso a hojear el catalogo, y se encontró un artículo acerca de un libro que yo escribí, de cómo incrementar la asistencia en la iglesia. El artículo también hablaba acerca de mi ministerio y de la Iglesia Bautista de Miller Road, en Texas. Y el hermano arrancó esta página que hablaba de mi ministerio y lo llevó a la comitiva que estaba encargada de buscar un pastor y lo puso sobre el escritorio y dijo: “¡Este es, este es el pastor que  tenemos que contactar!”

Yo no quería venir a este lugar, porque no me caían bien los norteños. Desde Diciembre hasta Agosto estuvieron tratando de traerme aquí. Yo llegué aquí el 30 de Agosto. Y desde ese Agosto al otro Diciembre estuvieron tratando de deshacerse de mí. No me va a creer todos lo problemas que tuvimos en un principio. Prendieron nuestra casa con fuego. El garaje empezó a arder porque le prendieron fuego a la basura, el fuego alcanzó una cortina y luego algunos libros, entonces el Espíritu me despertó, si no me hubiera despertado nos hubieran muerto. Al siguiente día mi hijo pequeño David me dijo, desde su cuarto: “Papi, ¿otra vez se va a quemar nuestra casa hoy?”  ‑”No creo hijo.” Me dijo: “Papi, te quedas aquí conmigo.” Me senté junto a su cama sosteniendo su mano por siete noches consecutivas. Y luego la vocecita de Becky, que decía: “Papi, puedo estar con ustedes también.” Y luego Linda, mi otra hija, también tenía miedo. Mis tres hijos se encontraban en una camita y yo allí con ellos por siete noches consecutivas. La iglesia que me había llamado, ahora se estaba tratando de deshacer de mí.

Fui al Campamento de Billy Rice la siguiente semana, en el verano de 1960. La batalla estaba en lo más fuerte, quiero decir una verdadera batalla. Prediqué durante toda la semana en este campamento, y el viernes en la noche fui a la cama y le dije al Señor: “Señor, creo que Tú quiere que me vaya, porque hay mucha presión en la iglesia.”  (Ocho diferentes iglesias me habían llamado para que pastoreara en Texas.) Me fui a dormir, pero solo me estuve dando vueltas y vueltas y no podía dormir. Finalmente, me puse sobre mis rodillas y el Espíritu Santo me dijo: “Hijo, quiero que te quedes en Hammond.” Yo le dije: “Señor, yo no quiero quedarme, no quiero. Quiero regresar a Texas.” Pero el Espíritu me seguía diciendo: “Te quiero aquí en Hammond.” Y oré, desde las doce de la noche, toda la noche hasta las seis de la mañana, en ese pequeño cuarto número once del campamento. Para ese entonces, ya el Espíritu Santo me había dado aceite fresco. Y supe entonces que tenía que quedarme en Hammond. Aceite fresco, aceite fresco.

Tengo 53, he predicado más de 25,000 sermones. Me cansó, nunca he tomado unas vacaciones, nunca tomó un día libre. Dios conoce mi alma, yo quiero su ungimiento, quiero su poder, y he orado mucho para que Dios me de aceite fresco y le digo: “Señor, mantenme fresco, mantenme con tu poder.” Y la llenura del Espíritu de Dios descansa en mí. ¡Oh, Señor! muchos predicadores no permanecen, muchos predicadores fracasan, pierden el poder de tu Espíritu, ¡Oh, Dios mío! No dejes que haga esto cuando este viejo. Muchos me están mirando a mi y me dicen: “Dr. Hyles, yo creó que usted tuvo un ungimiento fresco recientemente.” Y yo respondo: “Eso espero.”

Mire este edificio, está lleno el domingo en la mañana, el domingo en la noche y yo solo soy un predicador de un pequeño pueblito. ¡Yo quiero decirle que yo no soy suficientemente inteligente, no tengo la experiencia suficiente, no soy lo suficientemente sabio, no soy nadie, más que un predicador de pueblito, y lo que necesito es el gran poder de Dios en mi vida! El ungimiento fresco de mi Dios. Más de 40,000 personas me llaman pastor. Doy consejería a 150, 160, 170 personas por semana. He llorado más de una vez esta semana porque mi gente durante la conferencia no tiene pastor. Pienso en aquella familia, la mamá con varios hijos, ellos necesitan verme y pienso en aquella joven que su papá y su esposo están extraviados. Ellos me necesitan. Y ahorita no tengo tiempo.  Caigo sobre mi rostro constantemente en oración y le digo a Dios: “¡Oh Señor!, no soy un Charles Spurgeon, no soy Lee Robertson, no soy un John O. Rice, no soy un D. L. Moody, no soy un Billy Sunday, no soy un Charles Finney, pero estoy sediento y Tú dijiste que ´Tú le darías el agua a quién estuviera sediento.” Es lo que quiero que usted se ponga sediento hoy. ¡Sí yo pudiera ponerlo tan sediento!

Cuando este edificio fue dedicado; no lo sé, pero para mí me parece que todo el mundo puede caber aquí. Yo nunca me imagine predicar en algo así de grande, lo más que me imaginaba era algo así como un coro.  Pero, este edificio, cuando fue dedicado ¡sí que se veía grande! Estaba lleno hasta el tope. Había más de 1,500 personas afuera en los pasillos que no pudieron entrar. 9,000 personas, estaban aquí, todas tratando de encontrar un lugar. Caminé de mi oficina a la puerta para entrar al auditorio, pero cuando miré por la puerta hacia adentro del auditorio, corrí lo más rápido que pude a mi oficina. Y dije: “¡Mi Dios! No puedo entrar allí, no puedo, no puedo hacerlo, no puedo. No soy un gran predicador no puedo hacerlo.”

Me gustó lo que una pequeña niña dijo.  Ella pasó por la oficina del pastor, yo me encontraba orando, postrado sobre mi rostro, llorándole al Señor diciéndole: “tú tienes que venir conmigo, tienes que venir, tienes que venir.” El servicio estaba apunto de empezar, uno de los asistentes dijo: ¿Alguien ha visto al pastor? La niña levantó su mano y dijo: “Yo lo vi, pero va a tardar en venir, pero cuando venga, va a traer a la otra persona que estaba junto con él, cuando él estaba orando.”

He predicado por todo el país y he ido a mi cuarto sabiendo que el poder de Dios no estuvo sobre mi y me tengo que poner sobre mi rostro. Pero, también he predicado sabiendo que el poder de Dios ha estado sobre mí. Y lo más difícil de ser predicador, es que cuando sales a predicar, y regresas a tu cuarto, y tuviste un servicio tan glorioso, y no tuviste el chance de platicar con alguien, sino lo único que tienes es a una lámpara, y quiere agarrar a alguien de los hombros y decir: “¡Ohhh! Gloria al Señor, Gloria al Señor.” Y no hay nadie más, sino que esa triste lámpara.

Un día, cuando ya era pastor de esta iglesia, nadie pasó al altar para recibir a Cristo. No teníamos la cantidad de gente que ahora tenemos. Eran como 2500 cada domingo. Ese día una sola persona se unió a la iglesia y fue por medio de una carta. Pero nadie pasó al altar para ser salvo. Nuestra gente estaba asombrada e impresionada. No sabíamos como terminar el servicio sin bautizar. Finalmente le pedí a alguien que nos despidiera en oración. Yo corrí a mi oficina, me tiré al suelo y le dije: “¡Oh mi Dios! ¿Se fue Tu Espíritu? ¿Se fue? ¿Lo he perdido?” Y le rogué toda la tarde. Quería que ya fuera de noche para poder regresar a la iglesia, predicar y ver si todavía estaba Él conmigo. Le dije a nuestro director de música: “No te tardes cantando, vamos a ir rápido, quiero predicar.” Quería saber si todavía tenía Su Espíritu. Cantamos y comencé a predicar. Después de la predicación, un hombre alto con camisa blanca, se puso de pie y comenzó a caminar hacia el altar. Cuando lo vi, comencé a gritar: “Todavía lo tengo, lo tengo, lo tengo.” El hermano Jim, quien era el director del coro, me dijo: “¿Qué tienes? ¿Qué tienes?” Yo le dije: “Olvídalo. Aún lo tengo, lo tengo.” Prefiero morir que vivir sin el poder de Dios.

Uno de nuestros jóvenes predicadores, el día sábado lo pusieron en la cárcel, por predicarle en la calle a un hombre. ¿Se da cuenta? Cerca de  nuestra iglesia, a unas tres cuadras, hay un lugar donde tienen bailarinas. A unas cuantas cuadras, hay una esquina donde hay prostitutas. Y yo por 21 años he tratado de vivir en justicia en el lugar más perdido de todo Estados Unidos. Yo me he parado por lo que es correcto, he llorado porque necesito el poder de Dios para hacer esto. Tengo que hacer lo correcto por los niños de nuestra iglesia.

Hoy al medio día, unos niños me dijeron: “Pastor lo amamos, ¿podemos acompañarlo hasta su oficina?” Yo les dije: “Vamos a ir brincando hasta allá.” Y nos fuimos brincando. ¡Qué bendición! Necesito el poder de Dios para poder ayudarlos, quiero verlos crecer y que hagan lo correcto. Los jóvenes del Colegio me necesitan.

No sé que es lo que tú vas a hacer pero yo voy a rogarle y rogarle a Dios, rogarle, rogarle una y otra vez por Su poder, por una doble porción de Su Espíritu, por Aceite fresco en mi vida. Es lo que necesitas, es lo que yo necesito…Aceite fresco.

Hombres de Dios vamos a hacer lo que tenemos que hacer para salvar este barco para que no se hunda. La gente se esta yendo al infierno y el mundo se emociona más con las cosas que hacen, que nosotros que tenemos la verdad.

Aceite fresco… estoy agradecido por la tumba de mi padre, estoy agradecido por la Iglesia Bautista de Miller Road en Texas, estoy agradecido por el cuarto en el Campamento de Billy Rice. Siempre me quedo en ese cuarto, ya hasta tiene mi nombre. No puedo estar en ese lugar sin que yo le pida a Dios que me dé de Su aceite fresco.

Hace algunos años fui a California, había decidido recortar mi ministerio, fui a mi cuarto de hotel y no pude dormir, por más que traté. Me salí del hotel y empecé a caminar y a caminar y a orar por mi país. Oré toda la noche. Esa noche fue que nació en mi corazón el comenzar el Colegio de Hyles Anderson. Hermanos, tenemos que aprender a orar toda la noche.

Fui al lugar donde ahora esta nuestro Colegio muy, muy noche. Vi el lugar. Vi las instalaciones. Para esas grandes instalaciones solo tenían 40 estudiantes aproximadamente. Era un Colegio católico. Fui a hablar con el hombre que estaba encargado de allí. Salió con su bata de dormir y un cigarro en sus dedos. Le dije: “Quiero comprar estas instalaciones.” El dijo: “¿Quién es usted?” -“Jack Hyles de la Primera Iglesia Bautista de Hammond.” -“No está en venta y los Bautistas sería a los últimos que se la venderíamos.” -“Lo sé,” le dije.

Fui a ese lugar cada mes, cada mes y pasé toda la noche orando, pidiendo por ese lugar. Me quitaba los zapatos, subía la colina y bajaba, caminando de aquí para allá, pidiendo ese lugar. Un día me llamaron y me dijeron: “Se vende.” Yo oré que esos 40 o 47 estudiantes se salieran de esa escuela.   Y ahora, camino por esos pasillos y puedo decir: “¡Gloria a Dios! Aceite Fresco.”

¿Vas a seguir sin Él? ¿Vas a ser el mismo predicador que el del domingo pasado? Lo que tú necesitas es aceite fresco del Espíritu Santo.

Comentarios

2 Respuestas a “Aceite Fresco”
  1. Loreley dice:

    Gracias a Dios q aún sigue siendo de gran impacto, la predicación de Su Palabra, y en el cómo usó a su siervo, el Pastor Jack Hyles…Gloria a Dios

  2. maría dolores dice:

    gracias por la bendición de compartir su tetimonio es muy alentador saber que Dios siempre tiene en sus planes hombres para su obra y que el aceite sigue siendo fresco aunque pasen los años. sigo con mayaor fuerzas en Ël su unción esté sobre mí. La generación actual necesita personas ungidas y sigo buscando mas y mas de su aceite. Bendiciones

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